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Tromba de Obsidiana

Luis Andrés Rivera Levario. Vocero de Salvemos los Cerros de Chihuahua.

Estas reflexiones están dedicadas a las compañeras y compañeros que miran con preocupación la situación mundial y que se identifican con los pueblos del sur global que luchan contra la violencia y el saqueo de sus llamados “recursos” naturales.

En primer lugar, es necesario aclarar un par de puntos. Se puede criticar a un gobierno sin necesidad de llamar a una invasión extranjera, así como se puede criticar una invasión extranjera sin apoyar al gobierno que la sufre. Esto es válido tanto para Venezuela como para Ucrania. Las luchas por la libertad son todas distintas y merecen ser apoyadas, pero también deben ser precavidas y rechazar la ingenuidad si realmente quieren consumar sus objetivos.

Vamos por partes.
Primero que nada, la soberanía no reside en un gobierno, ni siquiera en un Estado; mucho menos en un mandatario o presidente. La soberanía nacional es un concepto abstracto que se refiere, fundamentalmente, al derecho a la autodeterminación de los pueblos.

Esta idea, propia de la teoría liberal del Estado, suele asumir que una nación ocupa de manera homogénea un territorio. Sin embargo, esta premisa ha sido refutada por el desarrollo histórico, con el reconocimiento de Estados plurinacionales y de autonomías de pueblos originarios. Aun así, en términos generales, mantiene ciertas premisas relacionadas con el ejercicio del poder político: son los llamados “intereses nacionales” los que deberían guiar a la soberanía.

Por ello, Carlos Aguirre Rojas, intelectual mexicano, califica de “burguesa” la ideología “anticolonial”, debido a que los intereses de toda la sociedad se camuflan detrás del “interés nacional”. Esta situación se vivió con claridad durante la segunda mitad del siglo XX en las luchas de “liberación nacional” en Asia y África, las cuales, en la mayoría de los casos, terminaron siendo luchas por posicionar los intereses de la clase social dominante de cada país, lejos de representar las necesidades de los sectores más vulnerables.

El imperialismo no es únicamente un problema político, sino fundamentalmente económico. La erosión de la soberanía nacional no ocurre exclusivamente a través de bombas o invasiones militares. Lenin definió al capital financiero como capital imperialista en tanto exporta capital hacia territorios donde pueden abrirse nuevos mercados, extraerse nuevos recursos o explotarse nueva mano de obra. Este proceso, en los hechos, atenta directamente contra las necesidades de los sectores más vulnerables.

La maquila no se habría podido imponer en Chihuahua sin la existencia previa de un amplio sector poblacional carente de los recursos más mínimos para sobrevivir. Desde su llegada, lejos de revertir esta condición, no ha hecho más que profundizarla. La dependencia al salario proviene de la incapacidad de construir autonomía en rubros básicos como la salud, la alimentación y la vivienda. Es decir, de la ausencia de soberanía de las clases populares.

Por eso, la defensa de la soberanía es, en realidad, la defensa de los derechos sociales de la clase trabajadora: del agua, del alimento, de un medio ambiente sano, de la educación y de una vida digna. No hay soberanía cuando el capital financiero internacional dicta el rumbo del territorio a través de megaproyectos urbanos, carreteros e industriales que destruyen cerros, contaminan ríos y despojan a las comunidades de sus condiciones materiales de existencia.
Si el campo no produce para alimentar a quienes trabajan, sino para el mercado; si los cerros y los ríos no se defienden para las futuras generaciones, sino para la acumulación de unos cuantos, entonces no estamos defendiendo la soberanía: estamos administrando el despojo.