261e3c6a-8040-4ada-b329-3d30e3cc8353

Habrían pasado un par de minutos después de las once de la noche cuando recién notó que la temperatura del agua había disminuido, pasando de caliente a tibia. Sin dar más importancia de la que debiera merecer, tomó un cubierto más y continúo sumergiendo sus manos en aquel jabón barato que, al terminar de usar, siempre dejaba la piel reseca e irritada, como algunos cuantos de sus recuerdos. En tanto sus yemas vacilaban entre los espacios de un tenedor más, evocaba a lo lejos un viaje enflorecido de sus ayeres, con hermanos, padre y madre, y hasta aquellos primos y tíos que hacía años sin ver. Divagó de una imagen a otra dentro de sí. De una camioneta vieja y abarrotada a una calle arbolada. De una carretera despejada e infinita a unos abarrotes del camino. De gasolineras ensuciadas a praderas y muchos miles de horizontes de tardes delicadas y naranjas. 

Contempló en un momento al cielo y se vio a sí misma, y vio también cómo era consciente de ello, y respondió al saludo que ella se había mandado con una o dos muecas de ingenuidad. Aferró bien los dedos a aquel vasto pasto sobre el que su espalda descansaba y que, sin advertir a nadie, empezaba a humedecerse. Primeros sus dedos, luego sus manos completas se impregnaron de aquel rocío que permeaba de abajo hacia arriba.

Sobre si, el infinito de oscuros tonos que cobija al extenso espacio llegó a sus ojos miel. Miró también destellos blanquecinos y azulados que se diluían y dilucidaban aquel espectáculo de auroras boreales que se meneaban en el manto azul de un nuevo amanecer. Presa de sus reflexiones ante el magnánimo reflejo de la vida, se distrajo al descubrir unos finos trazos del paso humano en aquel rebozo al que segundos atrás bautizó como “lo eterno”.

Prestó más atención y vio marcarse otro y otro, y otro más, y otro, sobre si, a lo lejos. Las huellas se acrecentaban, o quizá el manto descendía, y ella, con incertidumbre, solo podía seguir siendo testigo de lo inenarrable. No eran sólo huellas. Eran personas. Personas caminaban allá arriba, aún a lo lejos, en aquella galaxia que pasó a tomar otra forma más material, más cercana y más familiar. Apenas y pudo esbozar una idea de las mil interpretaciones que pudiera sugerir aquello visto, cuando comenzó a levitar, cada vez más y más alto. Ya no era un infinito estrellado sino un finito terrenal, uno azul celeste al que penetraban rayos del sol conocido. Era una pileta de la que resurgía desde las profundidades. Y luego despertó, se secó las manos y se fue a acostar. 

Porque ya no recuerdo como se ve, yo la hubiera contemplado dormir, si hubiera estado ahí. Te amo, madre.