
Tromba de Obsidiana
Luis Andrés Rivera Levario. Vocero de Salvemos los Cerros de Chihuahua.
La explosión demográfica de las zonas metropolitanas en México se ha caracterizado en las últimas décadas por un sostenimiento artificial; es decir, no proviene de nuevos nacimientos de las familias ya asentadas, sino de la concentración de población de periferias vecinas y lejanas que acuden a los centros urbanos debido a la situación crítica que enfrentan sus comunidades rurales por una u otra razón.
En Chihuahua capital es claro cómo la concentración política y económica de recursos obliga a miles de personas de municipios vecinos como Aldama, Aquiles Serdán, Rosales, Delicias, entre otros, a buscar trabajo o vivienda en la ciudad más cercana y más grande, lo que provoca un detrimento en la calidad de vida y de oportunidades en estos territorios ya mencionados. Es decir, un círculo vicioso de despoblamiento.
Veamos esto en números: según el Censo del INEGI 2020, el número de casas deshabitadas en la capital es aproximadamente 40 mil, un número muy similar al total de viviendas existentes en ciudad Delicias. En otras palabras, toda la población de Delicias se acomodaría fácilmente dentro de la ciudad de Chihuahua sin tener que construir una sola vivienda. Esta contradicción revela la crisis que genera el convertir el derecho a un hogar en una mercancía que pague el mejor postor: especulación y subutilización de los recursos disponibles, todo en beneficio de una minoría.
Ciudad Chihuahua, por otro lado, no crece de forma igualitaria. Mientras la mayoría de la población experimenta algún tipo de vulnerabilidad económica o de vivienda, las apenas cientos de casas que se construyen en las zonas de captación de agua están destinadas a migrantes con dinero, al acaparamiento, o directamente a la clase alta. Mientras se urbanizan los cerros y arroyos en la parte alta, la parte baja sufre carencia de agua e inundaciones en tiempos de lluvia: un modelo clasi-racista de ciudad.
Por eso es que ciudad Chihuahua resalta en mala planeación en medio de un país con ciudades mal planeadas. Guadalajara, por ejemplo, concentra millones de personas más, pero tiene una densidad poblacional tres veces superior. Esto significa que con la densidad de Guadalajara, Chihuahua capital tendría tres veces menos mancha urbana, lo que se traduciría en menos gastos de mantenimiento urbano y mayor bienestar para toda la población. Pero aquí el modelo es al contrario: expandir la mancha de concreto mientras el resto se deteriora y se abandona en pro de lo nuevo.
En conclusión, mientras en el resto de las ciudades del Estado se promueve un círculo vicioso de despoblamiento, en la capital se expande artificialmente la mancha urbana en detrimento de la calidad de vida, de las áreas de captación de agua y, en general, de una planeación medianamente racional que tenga en cuenta a toda la población, ya que el interés de esta expansión son las ganancias económicas inmediatas de una clase social minoritaria que no le importa sacrificar el futuro de las siguientes generaciones.
Sin embargo, la sociedad chihuahuense ya está despertando y existe la posibilidad de que un modelo alternativo se haga realidad: uno basado en el cuidado de las personas más vulnerables y del medio ambiente, que tome en cuenta la ciencia y no expanda la destrucción y el caos urbano solo para beneficiar la billetera de unos cuantos. Y esto es gracias a la participación ciudadana independiente que levanta la voz en colonias, barrios y fraccionamientos para exigir una vida digna y un futuro real para sus hijos.
Ha colaborado con colectivos, universidades y organizaciones nacionales e internacionales en proyectos de documentación, comunicación y defensa ambiental, incluyendo iniciativas apoyadas por National Geographic. Su trabajo se centra en la relación entre territorio, justicia ambiental, democracia y dignidad comunitaria. Es autor de columnas de opinión en diversos medios locales, donde analiza problemáticas socioambientales, políticas públicas, derechos humanos y participación ciudadana. Concibe la escritura como una herramienta para acompañar procesos colectivos y visibilizar las voces que históricamente han sido excluidas de la toma de decisiones.
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