Su silueta, a torso desnudo, se reflejó en la ventana por la que contemplaba el frío exterior. Sostenía una taza con té en su mano izquierda, y sentía tanto, pero tanto, esa melodía de fondo como si él mismo empujara aquellas teclas que ofrecían los melancólicos tonos que inundaban la pequeña habitación. Con ellos se mezclaba el sonido del crujir de los leños —casi consumidos por el afable fuego— que lo hacían permanecer, sosteniéndolo para que no se perdiera en todo lo muy lejos que contemplaba a través del oscuro manto y la lluvia que paralizada quedó por el frío, disfrazándose de algo bello para dejar de ser algo catastrófico. Nieve.
Pero más era el esfuerzo de sí mismo por tratar de comprender si buscaba algo de aquel horizonte negro, o si la respuesta de una pregunta aún no descifrada se hallaba en sí.
Tampoco comprendió qué sintió, parado ahí, en esa habitación que parecía ya no ser suya, frente a aquella ventana que hoy servía de algo más. No paraba esa canción, y él no descifró si con ella se sentía intrigado, triste, esperanzado, nostálgico, inspirado o abandonado. Quizá —pensó— era un poco de todo.
Su piel, de cintura hasta el cuello, estaba erizada, pero no por el frío que ahí dentro ni siquiera hacía. Fue algo más.
Su mente pasó entre lejanos y cercanos ayeres, sin un destino claro.
Cuando la música paró, su trance también, y solo una lágrima resbaló por su rostro.
-ALAN YAIR MARTÍNEZ LÓPEZ
