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De la forma más perfecta vi la silueta de un conejo dibujada en una de las paredes de mi habitación, esa donde yacía sentado en el suelo. No la había visto antes, nunca, ni siquiera en la infancia. Sentí que las paredes querían hablarme. Guardaban algo que no lograba comprender del todo, pero que reconocía desde la nostalgia, como si la memoria tuviera voz propia y se filtrara por las grietas.

Era la misma habitación que durante muchos años fue la lavandería de la casa de mis abuelos. Ahí, de niños, mis primos y yo jugábamos hasta que la tarde se nos deshacía entre risas. Había un colchón usado que guardábamos debajo de la cama de mis abuelos; lo sacábamos cuando ellos venían a quedarse. Digo ellos porque yo siempre he estado más arraigado a esta casa: aquí crecí y aquí sigo, todavía.

Cuando venían, dormíamos los cuatro sobre ese colchón improvisado. Usábamos un conjunto de cobijas que mis abuelos reservaban para esas ocasiones. Recuerdo especialmente una, rosa pálido, muy delgada, con rayas blancas y grises; era casi transparente bajo la luz tenue. Colocábamos varias para acolchar mejor el colchón y con las demás nos cubríamos hasta la barbilla. Antes de dormir, contábamos historias o retomábamos los temas que habían nacido durante el día. Reíamos tanto que, a veces, mi abuela o mi abuelo bajaban a regañarnos. Cuando descendían por tercera vez, sabíamos que era definitivo: me llevaban a dormir a su cuarto y, sin mí, mi prima mayor se calmaba, y con ella el resto.

Ahora estoy en esta misma habitación, pero ya no queda nada de aquello, y la ausencia la vuelve más pequeña, más hueca. Ya no están mis primos, ni el colchón, ni la cobija rosa; ya no están esas conversaciones nocturnas que desembocaban en carcajadas y en los regaños finales de los abuelos. No están esas voces que todavía recuerdo con lágrimas suspendidas en los ojos. Recuerdo más las voces de niños que las voces adultas que ahora tienen —los que quedan—. Ya no está uno de ellos.

Estoy en el mismo suelo, bajo el mismo techo, pero dentro solo yacen, muy en lo hondo, diminutas cenizas de aquellos momentos. No es el mismo lugar. La casa está vacía y, de todos, solo quedo yo. Antes, el día más común rebosaba de gente; ahora, incluso el día más especial convoca apenas a los mismos pocos. Son las mismas ventanas, las mismas paredes, pero nada es igual. No hay gritos de fiesta; ahora hay gritos de martirio y de soledad, porque la soledad sí grita. Estoy solo. No hay nadie más.

Miro el techo de toda la vida y, sin embargo, tampoco es el mismo que ayer. Pero esta noche —solo esta— dejaré que todo vuelva a ser lo mismo, para mí y por ellos. Cierro los ojos y me voy; los escucho otra vez, esos niños corren por los pasillos, riendo y riendo, y riendo aún más. Sus zapatos chocan contra el suelo, brincan, gritan. Los grandes también ríen, quizá más fuerte que los chicos. Hay gente aquí otra vez, y es una fiesta como aquella de hace mucho, muchísimo tiempo.

Suena “Have You Ever Seen the Rain” en el estéreo, de Creedence Clearwater Revival, y el aire huele a cerveza y a celebración. Pero eso no importa, no esta vez. Porque todos estamos aquí. Porque todos celebramos. Porque todos reímos una vez más. Y, al menos en este esbozo de mi trastocada memoria, dejo de estar solo.

-Alan Yair Martínez López