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Tromba de Obsidiana

Luis Andrés Rivera Levario. Vocero de Salvemos los Cerros de Chihuahua.

El desierto no está vacío. Es nuestro hogar, a nivel simbólico y material. Del territorio de zona árida hemos obtenido todo lo necesario para vivir durante generaciones, e incluso ha sido la base para el desarrollo regional. Sin embargo, los beneficios no siempre se reparten equitativamente; al contrario, ha sido nuestra tierra y nuestra gente la que ha pagado con creces el costo de ser vista como un terreno “sin valor”. Ya es momento de que esto cambie.

La agricultura en el desierto de Chihuahua es una de las bases del trabajo y de la cultura. Es el alimento de la gente trabajadora del campo y la ciudad, y motivo de orgullo para nuestras familias. Más que competir o pelear contra el desierto, la gente se ha adaptado. Hoy debemos ser guardianes del desierto, ya que la sobreexplotación del agua y su salinización son problemas urgentes que amenazan la continuidad de nuestros modos de vida.

La ganadería y el aprovechamiento de los recursos forestales de zona árida —desde la candelilla, el árbol de tabaco para las raspaduras, el guamiz para los pies— forman parte de nuestro legado y cultura, y también son fuente de supervivencia. Las llanuras, cerros, ríos y arroyos no solo sostienen al ganado; son la base de la salud ambiental y de nuestras familias: zonas fundamentales de captación de agua, pero también fuentes de identidad, orientación y cultura.

“Cuando ves el Cerro Banco del Lucero sabes que vas llegando a casa”, escuché comentar una vez al alcalde de Ahumada, Iván Rodelo. Estas palabras no solo expresan una orientación geográfica, sino una orientación en la vida. Los símbolos que han acompañado a nuestras familias durante generaciones nos conectan con algo más grande y nos impulsan a vivir con responsabilidad.

En Ahumada, el municipio más grande de Chihuahua, en el estado más grande de México, donde la colonia agrícola ha construido identidad a través de sus paisajes, quesos asaderos, burritos e historias de resistencia —como la batalla del Carrizal—, hoy se está gestando otra forma de ver y cuidar el desierto: desde su potencial biocultural y ecoturístico. Con los esfuerzos por proteger el Cerro Banco del Lucero, donde se suma sociedad civil y gobierno, se manda un mensaje claro:

El desierto no está vacío. Es la base de Chihuahua.

Debemos cuidarlo, no solo por los servicios ambientales que brinda —como la captación de agua y la regulación de la salinidad—, que sostienen las actividades humanas y productivas, sino también porque su tranquilidad, su silencio, sus paisajes y su significado aportan a la salud mental y espiritual de Chihuahua.

En Ahumada está cambiando la forma de ver el desierto. Cada vez más personas, desde la academia, la ciencia, el activismo, la historia y el turismo, se suman a esta tarea de conocer, amar y cuidar nuestra tierra chihuahuense.

Queremos que más gente se sume poco a poco, y que todos podamos ver en los cerros, llanuras y lagunas secas de este gran desierto un espejo que refleje nuestra historia, memoria y orientación. No solo en los puntos cardinales de un mapa, sino en algo más profundo: saber de dónde venimos y hacia dónde vamos.

El desierto es eso y mucho más.

Por eso decimos:
Sin desierto no hay Chihuahua.


Luis Andrés Rivera Levario es defensor del territorio, activista ambiental y articulista originario de Chihuahua. Es vocero de la organización ciudadana Salvemos los Cerros de Chihuahua, desde donde impulsa procesos de participación comunitaria, consultas públicas y acciones legales para la protección de cerros, ríos y ecosistemas urbanos.

Ha colaborado con colectivos, universidades y organizaciones nacionales e internacionales en proyectos de documentación, comunicación y defensa ambiental, incluyendo iniciativas apoyadas por National Geographic. Su trabajo se centra en la relación entre territorio, justicia ambiental, democracia y dignidad comunitaria. Es autor de columnas de opinión en diversos medios locales, donde analiza problemáticas socioambientales, políticas públicas, derechos humanos y participación ciudadana. Concibe la escritura como una herramienta para acompañar procesos colectivos y visibilizar las voces que históricamente han sido excluidas de la toma de decisiones.

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