
Tromba de Obsidiana
Luis Andrés Rivera Levario. Vocero de Salvemos los Cerros de Chihuahua.
La presidenta Claudia Sheinbaum anunció hace unos días su intención de reactivar el fracking en México. Lo vende como una medida para reducir la dependencia de combustibles importados de Estados Unidos. Suena bonito en el discurso, pero cuando uno lo analiza con los números en la mano, el cuento se cae solo. No estamos ante una política de soberanía energética. Estamos ante un error garrafal que va a hipotecar el futuro del norte del país.
El fracking es una técnica que consume cantidades industriales de agua —un tesoro cada vez más escaso en el desierto chihuahuense— y la contamina con sustancias tóxicas que se filtran al subsuelo. Es una bomba de tiempo para los mantos acuíferos de los que bebemos y depende toda nuestra actividad agrícola y ganadera. ¿Cuántos casos de cáncer y enfermedades renales más vamos a tolerar en el afán de sacar unas cuantas moléculas de gas prehistórico de debajo de nuestras casas?
Pero además, la supuesta independencia energética que promete Sheinbaum es un espejismo. Resulta que el gas que se extraiga con fracking en territorio mexicano no va a reemplazar las importaciones; se va a sumar a ellas. Las proyecciones oficiales apuntan a un crecimiento acelerado de la demanda impulsada por la industria maquiladora de exportación. Es decir, vamos a consumir más gas, no menos. Las importaciones desde Texas van a seguir llegando, y el porcentaje de dependencia bajará solo sobre el papel. En términos reales, vamos a seguir igual de amarrados al vaivén del mercado energético estadounidense.
Y aquí viene la parte más incómoda: ese gas servirá para alimentar las centrales de ciclo combinado que abastecen de electricidad a la industria maquiladora, que es fundamentalmente capital estadounidense. Vamos a destrozar cerros, contaminar mantos acuíferos y endeudar al país para que las empresas trasnacionales sigan fabricando sus productos y exportándolos de vuelta a Estados Unidos. Eso no es soberanía energética. Eso es colonialismo del siglo XXI.
Ahora hablemos con números, porque las mentiras se desmoronan cuando los pones sobre la mesa. La capacidad total de generación eléctrica instalada en el estado de Chihuahua es de aproximadamente 5,000 megawatts. De esa cifra, las plantas de la CFE aportan cerca de 1,700 megawatts, y los productores privados —en su mayoría para abastecer a la industria de exportación— suman más de 1,800 megawatts. La demanda máxima que registra el estado en horas pico ronda los 3,400 megawatts. ¿Se dan cuenta? Generamos mucha más electricidad de la que consumimos los chihuahuenses. Ese excedente no se queda aquí: se exporta hacia Estados Unidos a través de los enlaces de transmisión que tenemos en la frontera. Chihuahua es un exportador neto de electricidad, y ese comercio energético movió más de 66 mil millones de dólares en 2023 entre ambos países.
Entonces, ¿para qué demonios queremos más gas si ya estamos produciendo electricidad de sobra? La respuesta es que no la queremos para nosotros. La queremos para que la industria maquiladora —esa misma que exporta sus productos sin pagar impuestos justos— siga creciendo a costa de nuestro territorio. El modelo es perverso: nos arrancan el gas con fracking, lo queman en centrales que contaminan nuestros cielos, generan electricidad que en buena parte se va a Texas, y a cambio nos dejan el agua envenenada, los cerros rotos y una factura ambiental que pagarán nuestros hijos.
Todo esto es doblemente absurdo porque la solución está a nuestro alcance y es más limpia, más barata y más nuestra que ninguna otra. Chihuahua es el estado con la mayor generación de energía solar de todo México. Contamos con una capacidad instalada de 840 megawatts en al menos 12 plantas fotovoltaicas, y otros 830 megawatts están en trámite, listos para duplicar nuestra producción. La irradiación solar en la entidad supera los 5.8 kWh por metro cuadrado al día, una de las más altas del planeta. El sol brilla para nosotros cada mañana, y no cobra regalías ni viene con condiciones geopolíticas. La energía solar ya es la fuente más barata de la historia, y no requiere perforar ni un solo cerro.
El problema, como siempre, no es técnico. Es político. Hay intereses económicos muy poderosos detrás de la industria del gas, y el giro discursivo de la presidenta —que en campaña dijo no al fracking y ahora le abrió la puerta— huele a órdenes desde arriba. Nos quieren hacer creer que no hay alternativa, que el gas es el único camino para mantener encendidas las luces. Es mentira. La alternativa solar es real, ya está funcionando, y solo falta voluntad para escalarla. Chihuahua podría ser autosuficiente con su potencial solar y además seguir exportando excedentes, pero sin destruir su territorio. Eso sí sería soberanía energética.
Desde Salvemos los Cerros hemos dicho siempre que la defensa del territorio no es un lujo de ambientalistas. Es una cuestión de supervivencia. Sin cerros no hay agua, sin agua no hay vida, y sin una política energética sensata no hay futuro. La presidenta tiene que escuchar a la ciencia y a las comunidades, no a las corporaciones energéticas. La ruta que tenemos por delante es clara. El sol es nuestro. El agua de nuestros hijos no. La decisión es urgente, y no admite más simulaciones.
