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Miro las cosas que se van.
Y, extrañamente, extraño cosas que no tuve. 

Cabellos lacios y delgados.   
Tenis rotos.
Siempre solo.
Advertí de aquellos tiempos algo incierto, 
y sigo sin saber.

Convencido fui por mi,
de que las vetustas páginas de mi vida
habría de hallar tinta alguna vez.

He escuchado todos mis relatos.
Arrollan en noches, 
esas que se acortan cada año. 
Entre abrazos separados 
y llantos de mi regadera en el baño.

Escuché timbres,  persecuciones infantiles y muchos platos rotos, tiñendo de vino las caras de todos.
La mía también.

Me encamé miles veces y le conté a la luna mis más grandes anhelos.

Aquellos vértices de la goteante habitación 
habrían sido los únicos rincones salvos de dolores, 
todos inmerecidos, arrebatados por mí.

Reí muchas veces y los hallé en escondites. 
Algunos por juegos tontos,
y otras víctimas de inexistentes límites.

En el campo donde me raspé, vociferé, 
entre cabidas dalias, lo que no encontré. 
Contadas latas ahí escuché en el saco del abuelo. 
Me hablaban para ensordecer gritos en la privada de Claveles,  sin vientos lentos, ni guisados con laurel.

Y, en las consecuencias mudadas,  permanece el esbozo de lo que murió  en pintados frijoles y uno que otro macarrón.

-Alan yair martínez lópez