
PEDRO BERISTAIN
En cualquier democracia seria, que un dirigente nacional acusara al partido gobernante de tener vínculos con estructuras criminales provocaría una sacudida política de dimensiones históricas.
En México no.
Aquí ya todo se volvió paisaje.
La declaración de Alejandro Moreno pidiendo a Estados Unidos investigar y considerar a Morena como una organización vinculada al crimen organizado no generó indignación nacional por el fondo del señalamiento, sino una discusión superficial sobre si fue correcto “llevar el tema al extranjero”.
Y ese es justamente el tamaño de nuestra tragedia política.
Porque mientras Morena se victimiza hablando de soberanía, patriotismo y “traición a la patria”, el país entero vive bajo el dominio territorial del crimen organizado, las carreteras son tomadas por grupos armados, las elecciones locales se desarrollan bajo amenazas y miles de mexicanos viven atrapados entre el miedo y la impunidad.
Pero al oficialismo le molesta más la denuncia… que el problema.
Esa es la verdadera enfermedad política de México.
Morena construyó durante años una narrativa moral donde ellos eran “los buenos” y todos los demás representaban la corrupción del viejo régimen. Sin embargo, el paso del tiempo terminó destruyendo ese discurso.
Hoy el país no es más seguro.
No es más pacífico.
No es más transparente.
Y mucho menos más honesto.
Lo que sí existe es un aparato propagandístico gigantesco dedicado a desacreditar cualquier crítica bajo etiquetas como “conservadores”, “vendepatrias” o “traidores”.
El problema para Morena es que la realidad ya comenzó a rebasar la propaganda.
Porque la percepción nacional e internacional sobre México empieza a deteriorarse gravemente.
Estados Unidos ya no observa a México únicamente como socio comercial. Hoy también lo mira como un territorio profundamente infiltrado por estructuras criminales con capacidad política, financiera y territorial.
Y aunque Morena quiera reducir todo a una “campaña de la oposición”, la desconfianza internacional no nació de un discurso de Alito.
Nació de la violencia.
De los abrazos.
De la impunidad.
Y de un gobierno que decidió normalizar el poder del crimen organizado en regiones enteras del país.
Lo más preocupante es que el oficialismo ya ni siquiera intenta convencer.
Solo busca polarizar.
Si alguien critica al gobierno, automáticamente es enemigo.
Si alguien cuestiona la estrategia de seguridad, es un traidor.
Si alguien exhibe el deterioro institucional, “ataca al pueblo”.
La democracia mexicana comenzó a deformarse el día en que el poder dejó de aceptar cuestionamientos.
Y Morena lleva años construyendo precisamente eso: un país donde disentir se vuelve sospechoso.
Tal vez la discusión no debería centrarse en si Alito exageró o no.
La verdadera pregunta es mucho más incómoda:
¿Cómo llegamos al punto donde millones de mexicanos consideran creíble que un partido gobernante pueda tener vínculos con el crimen organizado?
Porque cuando una acusación así deja de parecer imposible, el problema ya no está en quien la dice.
El problema está en el país que la volvió plausible.
Pedro Beristain Flores
Licenciado en Educación Física y En Ciencias Políticas y Administración Pública.
33 años de edad
Padre de Damián y Jacobo, esposo de Rachel Medina
Originario de Jiménez, Chihuahua.
Actualmente Presidente del PRI en Chihuahua Capital
