
Tromba de Obsidiana
Luis Andrés Rivera Levario. Vocero de Salvemos los Cerros de Chihuahua.
El genocidio es el fracaso de la humanidad. El exterminio étnico, religioso, político o social es el lado más oscuro de la especie y debe ser rechazado, enfrentado, resistido y derrotado a toda costa. Tal como sucedió con el régimen de la Alemania Nazi a mitad del siglo pasado. Y tal como debe suceder con el régimen de apartheid de la entidad colonial israelí.
Por eso no es un tema “geopolítico” del Mediterráneo. Es un tema de derechos humanos básicos y de decencia elemental: se trata de buscar que “nunca más” se repita una tragedia como la shoah, el genocidio judío, que hoy se replica en el genocidio palestino.
Con esta base mínima de una ética “antigenocidio” podemos intentar navegar las turbulentas aguas de unas políticas que parecen sacadas de una película del “fin de los tiempos”. Porque vemos lo que hasta hace no muchos años parecía impensable: políticos de izquierda y derecha del mainstream justificando el asesinato masivo de decenas de miles de niños y niñas en la franja de Gaza para poder mantener vigente el sistema de valores occidentales y judeocristianos.
¿Contradictorio? Aquí te explico rápido: dentro de una doctrina colonial, la violación de tus propios principios puede ser presentada como una virtud. Si proclamas el “no matarás” y matas, entonces conviertes a tu víctima en el enemigo y la deshumanizas.
Es así que gobiernos de todos los partidos en México no tienen empacho en pactar con la entidad señalada de imponer la hambruna y de disparar deliberadamente en la nuca a más de 20 mil niños en los últimos tres años, durante el actual genocidio que comete Israel en contra de Palestina.
Hoy, ser “el enemigo” se vuelve una condena. Y así como pasa en la tierra santa del Medio Oriente, también pasa en las comunidades indígenas. Ocurre en cualquier lugar donde el capital necesite acumular dinero por medio de guerras, de hambre, de enfermedad. Ahí estarán las plantas de amoniaco, los megaproyectos extractivos y la narrativa deshumanizante. Y muy probablemente, detrás de esa narrativa, estará la mano de Israel.
Por eso es necesario distinguir con inteligencia —esa que muchas veces les duele a los políticos— los detalles de este mundo capitalista. Porque no es lo mismo ser un cliente que ser un aliado. No es lo mismo tener a un proveedor que a un financiador.
Aunque la Junta Central de Aguas diga que hacer un convenio internacional para el desarrollo es lo mismo que ir de compras a El Paso, Texas, incurre en una falsedad deliberada o revela un alarmante desconocimiento de las leyes que la rigen. Una cosa es realizar un contrato económico de compra-venta, y otra muy distinta, un convenio de colaboración.
Si Salvemos los Cerros le compra gasolina a Pemex, no significa que esté avalando a la paraestatal o al modelo fósil. Solamente fue una compra de mercancías. Criticable, pero plenamente “normal” dentro del comercio.
Cosa muy distinta es que la empresa sionista Xylem aparezca como “aliada” del encuentro de jóvenes que realiza una cuestionada escuela de antropología. Eso ya significa, más bien, que existe una vinculación política o financiera. Por lo tanto, los intereses de los “aliados” deben ser tomados en cuenta. Si te aliaste con una empresa por un tema de financiamiento, entonces también estás vinculada —o “sometida”— a las directrices políticas de esa empresa.
No es lo mismo comprar una cerveza que poner a Heineken como tu aliado ambientalista. Si tu aliado es una empresa genocida, entonces lo que estás haciendo, simple y sencillamente, es lavarle la cara al genocidio. No hay vuelta de hoja. Eso sirve tanto para la JCAS como para las ONGs corruptas.
La única manera de enfrentar la normalización del genocidio es alzar la voz de forma contundente para manifestar rechazo a toda forma de colaboración política. Si Coca-Cola es parte de las empresas sionistas, el hecho de comprarte una coquita solo rompe el boicot, pero aliarte con esa empresa significa posicionarte en respaldo a sus políticas.
Por eso, desde estas líneas, hago un llamado a la reflexión y a la conciencia para que los colectivos e iniciativas climáticas se deslinden de la empresa Xylem. No es un proveedor neutral: es el socio estratégico de Mekorot, la empresa estatal israelí del agua, señalada de participar en el genocidio contra los palestinos y de privatizar el agua en otros países.
Mientras en México, jóvenes académicos posan junto al logo de Xylem en un encuentro de antropología, en Gaza los niños palestinos beben agua salobre del mar o se quedan sin una gota en pleno asedio. Esa no es una casualidad geopolítica. Es la consecuencia directa de elegir cómplices como aliados.
Deslindarse no es un gesto simbólico: es la condición mínima para no ser cómplice. Es la forma más concreta de recordar, con hechos y no solo con discursos, que el “nunca más” no admite excepciones ni vasos de agua servidos por empresas genocidas.
Ha colaborado con colectivos, universidades y organizaciones nacionales e internacionales en proyectos de documentación, comunicación y defensa ambiental, incluyendo iniciativas apoyadas por National Geographic. Su trabajo se centra en la relación entre territorio, justicia ambiental, democracia y dignidad comunitaria. Es autor de columnas de opinión en diversos medios locales, donde analiza problemáticas socioambientales, políticas públicas, derechos humanos y participación ciudadana. Concibe la escritura como una herramienta para acompañar procesos colectivos y visibilizar las voces que históricamente han sido excluidas de la toma de decisiones.
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