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Tenía 25 años. Vivió con una herida de abandono que se acrecentó desde la infancia. La olvidaron. La ultrajaron. Le desgarraron desde dentro su espíritu entre varios, con el ego e indiferencia cual navaja, la cortaron un millar de veces en los rincones más recónditos de lo que le quedaba de alma, y después, se alejaron con ella tendida en el suelo. La vaciaron. La usaron. Y cuando pretendió dejar de guardarse en su inconmensurable dolor, su padre, aquel que nunca la buscó, la señaló de egoísta.

No he dejado de pensar en Noelia desde ayer. Noelia Castillo Ramos era su nombre. Era de Barcelona, España. Optó por la eutanasia después de arrastrarse a la vida con un cuadro de depresión severo causado por lo antes dicho. Abandonada, violada, ofendida e incomprendida. 

Después de que un grupo de tres le arrebatara todo aquella noche de 2022 cuando la abusaron, intentó quitarse la vida arrojándose de un quinto piso sin lograrlo. Quedó parapléjica tras la caída. A partir de ese momento, los pesares ya no fueron solo psicológicos y del alma, sino también físicos. Ella misma dijo que no soportaba dormir por los dolores ocasionados por su condición. Tenía tornillos en el cuerpo, derivados de las cirugías a las que fue sometida. Aquellas piezas de metal en su cuerpo no la dejaban ni siquiera irse de su realidad al dormir. Era una escapada frustrada. 

“Yo simplemente quiero irme en paz y dejar de sufrir”, dijo un día antes de su muerte.

El tema de Noelia podría abordarse desde muchísimos francos. Se podría criticar la negligencia de las autoridades que, hasta ahora, ni siquiera han detenido a sus agresores. Se podría abordar desde la falta de vocación de los psicólogos y psiquiatras que la atendían. Se podría abordar desde una evaluación social a su entorno familiar y los estragos que ello habría generado en su identidad y estabilidad mental. También desde el debate sobre si fue una muerte digna o si fue la “ejecución” de una víctima abandonada. Se podría abordar desde muchos francos, pero Noelia ya no está, y abordarlo desde la perspectiva que sea no la traerá de regreso. Es irónico que lo diga, dado que estoy opinando al respecto. Quizá estoy pecando de incoherente, o es que quizá solo quiero escribir sobre lo que siento en torno a Noelia Castillo Ramos. Quizá solo quiero decir en estas palabras que hubiera querido abrazarla, si hubiera tenido la oportunidad.

He estado observando su triste rostro en las fotografías que diferentes medios de comunicación internacionales han compartido en sus primeras planas. He visto sus ojos y no he pestañeado al hacerlo. Vi lo hinchado y rojo de sus cuencas oculares, de tanto llorar. Vi su cabello encrespado, descuidado. También observé bien el como le costaba esbozar un intento de sonrisa, como si de las comisuras de sus labios jalara lo que pesaban entre los tres aquellos cerdos. Vi como agachaba su cabeza, cargando con una vergüenza ajena a la que fue condenada.

Sus ojos eran grandes. Hoy me pregunto si existieron cosas que en realidad amó con todo su ser, y que fueron observadas por esos ojos que hoy todo el mundo conoce. ¿Qué cosas pudieron ser aquellas que un día la hicieron carcajear? ¿Cuál era su género de películas favorito? ¿Cuál habría sido su canción favorita? ¿Tenía miedo en sus últimos segundos de vida?

Desde que me enteré de la noticia antier, no he dejado de meditar sobre la muerte. Escribí hace tiempo un poema sobre la muerte y la eternidad, y entre aquellas palabras confesaba que esas dos cosas son a las que más temo. Señalaba lo irónico que es eso, pues, viniendo de una religión como la católica donde se pregona con el paraíso eterno, temerle a la par que a la muerte resulta como mínimo confuso. Pero me permitiré intentar explicarlo a continuación. 

No hay nada tan desconocido por el humano como lo es la muerte. No hay nadie que haya regresado de allá para narrar qué es lo que sigue, con excepción de algunos testimonios ya conocidos de personas que han sido reanimadas y, lejos de ser tomados en serio, fueron ridiculizados por el mundo. Podríamos comprobar todos si aquellas experiencias -calificadas por muchos como charlatanería y por la religión como la verdad- fueron reales, pero solo habría una forma de saberlo: muriendo. Para mí, todos los miedos existentes se originan desde el temor a la muerte. No le temes a la oscuridad, le temes a lo que haya en ella y que represente una amenaza contra tu vida; no le temes a las alturas, le temes a caer; no le temes al mar, le temes a ahogarte; no le temes a las arañas, le temes a su veneno mortal; no le temes a la velocidad, le temes a chocar. Todo temor, desde mi punto de vista, tiene, por más mínima que sea, una relación con la muerte. La muerte es lo único seguro en la existencia, incluso más que la propia vida, porque nada le garantiza a un ser la vida -que no es “ser” sino hasta que es-, pero sí nace, tiene garantizada la muerte tarde o temprano. Nunca he sido un cobarde, pero eso, para mí, sí es terrorífico. El concepto de la muerte. El hecho de que muera alguien que amo. O que me acerque a mi fin, sin tener la certeza de qué sigue. Lo siempre desconocido. La incertidumbre.

Por su lado, la eternidad me resulta igual o quizá hasta más terrorífica que la propia muerte, porque, además de también ser incomprensible para cualquiera, ¿cuál sería el objeto de esa “utopía”? En teoría, las personas le damos valor a todo en la medida que se aproxima un fin. Nuestra idea de vida y todo lo que hacemos con ella, gira en torno a la inminente muerte. Nuestras relaciones, nuestras metas personales y profesionales, el formar una familia y dejar un legado. Todo eso es porque sabemos que tarde o temprano todo acabará. Entonces, ¿qué sentido tendría vivir para siempre? Esa es la ironía. La contradicción de mis dos grandes temores. Por un lado me aterra el concepto de la muerte, y por el otro me aterra más vivir sin un fin.

Explicado esos dos miedos, retomo lo de Noelia diciendo que me gustaría saber donde está ahora. Nunca he sido creyente -quizá de niño-, pero a veces, con casos como este, me gustaría afrontar uno de mis dos miedos y creer en aquel lugar suspendido en lo eterno, al menos para aquellos que aquí no tuvieron esperanza.

No me imagino el dolor que cargaba Noelia, pero sí recuerdo con el que yo he cargado en mi vida. Sé lo que es estar agazapado en esa duda. Nadie me lo tiene que contar. Yo sé lo que es estar viendo a la muerte a los ojos. De nuevo lo digo: me hubiera gustado abrazarla, si hubiera tenido la oportunidad.

Creo que la mejor forma de honrar a aquellos que no pudieron, es viviendo. Un día a la vez.

No sé dónde está Noelia. Pero espero que se haya encontrado la paz que no tuvo aquí.

-Alan Yair Martínez López