
Tromba de Obsidiana
Luis Andrés Rivera Levario. Vocero de Salvemos los Cerros de Chihuahua.
Cuando pensamos en México, nuestra mente suele volar hacia la selva lacandona, los bosques de coníferas o las playas caribeñas. Sin embargo, una verdad incómoda atraviesa el territorio nacional: gran parte de nuestro país está compuesta por suelo forestal de zona árida. Este ecosistema, lejos de ser un páramo estéril, alberga una vida resiliente que ha aprendido a florecer en la adversidad. Pero esa resiliencia tiene límites.
El desierto mexicano es frágil. Cada día, la sobreexplotación del agua, la contaminación y la pérdida acelerada de biodiversidad lo empujan al borde del colapso. No se trata de un problema lejano o menor: cuando el desierto muere, muere con él un equilibrio construido durante milenios. Y con él, mueren también las posibilidades de vida para las comunidades que lo han habitado desde tiempos inmemoriales.
Sin embargo, la voracidad del desarrollo mal entendido no descansa. Hoy, megaproyectos energéticos pretenden imponer zonas de sacrificio industrial en el norte del país, justo en el corazón de nuestras zonas áridas. No es casualidad: estos territorios han sido históricamente marginados, y esa marginación ahora se traduce en vulnerabilidad. La lógica es perversa: donde hay menos “voces visibles”, se instalan las mayores agresiones. La continuidad de las poblaciones humanas en la región está en riesgo real, no como una especulación catastrofista, sino como una certeza que ya vivimos en el agua contaminada, el aire irrespirable y la tierra que se erosiona sin remedio.
Desde Salvemos los Cerros lo hemos dicho con claridad: el desierto es sagrado. No lo decimos en un sentido meramente místico, sino en el más profundo respeto por su capacidad de sostener vida, cultura y memoria. Proteger este territorio para las futuras generaciones no es una opción: es una obligación moral.
Pero la amenaza no solo viene de dentro. La intervención extranjera se legitima mediante prácticas de guerra económica contra el desierto de Chihuahua. El fracking, los gasoductos, la imposición de megaproyectos energéticos sin consulta ni consentimiento: todo ello configura un escenario de saqueo que disfraza de “inversión” lo que en realidad es una colonización de nuestros últimos territorios vivos. No es exageración llamarlo guerra económica: es una guerra de baja intensidad contra el territorio, contra el agua, contra la posibilidad de un futuro autónomo para el norte de México.
Por eso afirmamos: la defensa de la soberanía y de la nación pasa por defender el desierto. No hay patria si no hay territorio habitable. No hay soberanía si nuestros recursos naturales son depredados por intereses extranjeros al amparo de políticas de estado cómplices. No hay nación si sacrificamos el norte para alimentar una falsa idea de progreso.
Proteger el desierto es proteger el agua que eventualmente recarga nuestros acuíferos. Es proteger las semillas que algún día podrían alimentarnos. Es proteger las culturas originarias que aún resisten. Es, en definitiva, proteger la posibilidad de que México siga siendo México.
Quienes hoy levantan la voz contra los megaproyectos, quienes denuncian el fracking y se oponen a los gasoductos, no son enemigos del desarrollo: son defensores de la vida. Y nos toca elegir de qué lado estamos.
Porque sin desierto, no hay nación. Y sin defensa del desierto, no hay futuro.
Luis Andrés Rivera Levario es defensor del territorio, activista ambiental y articulista originario de Chihuahua. Es vocero de la organización ciudadana Salvemos los Cerros de Chihuahua, desde donde impulsa procesos de participación comunitaria, consultas públicas y acciones legales para la protección de cerros, ríos y ecosistemas urbanos.
Ha colaborado con colectivos, universidades y organizaciones nacionales e internacionales en proyectos de documentación, comunicación y defensa ambiental, incluyendo iniciativas apoyadas por National Geographic. Su trabajo se centra en la relación entre territorio, justicia ambiental, democracia y dignidad comunitaria. Es autor de columnas de opinión en diversos medios locales, donde analiza problemáticas socioambientales, políticas públicas, derechos humanos y participación ciudadana. Concibe la escritura como una herramienta para acompañar procesos colectivos y visibilizar las voces que históricamente han sido excluidas de la toma de decisiones.
