
SI NO BASTABA con la larga lista de denuncias que arrastra el IMSS en Chihuahua por malos tratos y negligencias, ahora súmele una más: presionar -o de plano forzar- a pacientes para firmar su alta “voluntaria”. El pasado domingo, una mujer de 70 años, con discapacidad, llegó a Urgencias del Hospital Morelos con un cuadro delicado. Días de malestar general, sangrado al evacuar y un dolor tan intenso que terminó por quitarle la movilidad. No era un malestar cualquiera. Era un caso urgente. Llegó a las 9:00 de la mañana. A las 10:00 de la noche seguía en la sala de espera, sentada. Como muchos otros.
La escena era la de siempre. Saturación, filas interminables y pacientes acumulando horas -y varios días- sin atención. Algunos le comentaron que llevaban ahí más de 48 horas; otros, incluso, hasta una semana o más. En medio de ese panorama, y tras múltiples horas de espera, la mujer logró al menos una camilla gracias a la intervención de la funcionaria Silvia Macías. Un “avance”, si así se le puede llamar. Pasó de esperar sentada a esperar acostada. Pero la atención real seguía sin aparecer.
Lo que vino después fue la rutina que ya muchos describen como costumbre en el IMSS: trato déspota, indiferencia y un ambiente donde preguntar parece ofender. Enfermeras que se limitaban a lo básico, cambiar sueros, administrar analgésicos genéricos como paracetamol; y respuestas evasivas cuando se pedía información. Guardias que retiraban a familiares o pacientes de asientos disponibles con un “no puedes estar ahí”, aun cuando nadie más los utilizaba y pese a que llevaban horas de pie.. No hay suficientes almohadas, cobijas, camillas, ni siquiera sillas o bancos para los familiares, pero tampoco te dejan ingresarlas. Es más, ni papel de baño es los sanitarios. Es como si fuera una broma de muy mal gusto. Algo absurdo. Todo bajo una lógica difícil de explicar, ya que no hay condiciones, pero tampoco te dejan generarlas
La mujer pasó también todo el lunes en un pasillo, como decenas más. Afuera, familiares durmiendo en el suelo, entre suciedad y cucarachas. Adentro, pacientes esperando lo mínimo, solo información. Porque ese era otro de los reclamos constantes, la falta de respuestas. “Están, pero no están”, resumían. Médicos, enfermeras, personal en general. A la paciente le realizaron estudios desde el primer día, pero las horas se convirtieron en días sin diagnóstico claro, sin explicación, sin nada.
Y cuando parecía que el límite ya se había cruzado, vino lo peor. Desde la Secretaría de Salud del Estado se contactaron con la familia para ofrecer traslado al Hospital General, que aunque también saturado, al menos prometía una atención más digna. Para recibirla, solicitaron el resumen médico. Un trámite lógico. La hija de la paciente acudió con la doctora y la trabajadora social para pedir el documento. La respuesta fue tan simple como indignante: no se lo podían entregar sin firmar antes el alta “voluntaria”. “Si no firma, no puedo descargar el archivo”, le dijeron.
La familia se negó. El personal también. Ni resumen, ni información. Nada. A pesar de que ese documento ya existía -porque los estudios ya se habían realizado-, simplemente no lo mostraban. Así, sin rodeos, condicionaron el acceso a la información médica de la paciente a que abandonara el hospital por voluntad propia… aunque no fuera realmente su voluntad. Sin más opciones y con la urgencia encima, terminaron firmando. Ahí se argumentó que el alta se debía a que no contaban ahí -para variar- con una máquina especial (Tomografía Axial Computarizada -TAC-) para otros estudios necesarios, lo cual si bien era cierto, no era en realidad motivo para darla de alta aún, sin la “luz verde” del General.
Tres días después, la mujer salió prácticamente igual que como llegó, enferma, sin un diagnóstico claro y con más desgaste que respuestas. Mientras tanto, otros seguían ahí. Cinco días, una semana, o más. Ancianos, jóvenes, niños. No importa edad ni condición. El trato es igual de denigrante para todos..
Y luego se preguntan por qué la gente desconfía y se queja tanto…
