
Tromba de Obsidiana
Luis Andrés Rivera Levario. Vocero de Salvemos los Cerros de Chihuahua.
Uno de los sitios icónicos de la capital de Chihuahua es el río que lleva el religioso nombre compartido con muchos otros lugares del septentrión colonial y poscolonial de la región transfronteriza. El “bello” nombre de un rito sagrado para la tradición católica refleja el asombro y la importancia que los primeros colonos dieron a estas tierras, donde fluyen las aguas bordeando los cerros bautizados como “Nombre de Dios”: otro toponimio compartido y otra muestra de la maravilla que causó este territorio en las primeras poblaciones extranjeras y mestizas que lo habitaron.

La gente coincide en su interés por este sitio, ya sea desde el amor o desde el odio. No han faltado los intentos de instalar bancos de materiales, la extracción de arena, la tala de árboles, la contaminación con escombro, botellas de cerveza, pañales, huesos de carnitas asadas e incluso cuerpos encobijados. Pero tampoco han faltado, en los últimos años, los intentos ciudadanos por dignificar esta zona: reforestar los cerros vecinos, limpiar la basura del cauce, recorrer sus riberas en caminatas de senderismo y mantener vivas actividades propias de una sociedad civil cada vez más activa en la defensa del territorio de Chihuahua.
Aunque la mayor contaminación se concentra al norte de la ciudad, donde el río cerca de Minerales 2 se ha convertido literalmente en un basurero al aire libre —con vehículos entrando y saliendo sin impedimento para tirar sillones, basura industrial y doméstica, televisiones y más—, en esta ocasión nos concentraremos en otro tramo del Sacramento, que sufre un riesgo inminente aunque de otra naturaleza. Por supuesto, todo el cauce se ve afectado si aguas arriba hay basura, pero también es cierto que los puntos intermedios suelen ser los espacios clave para los encuentros o desencuentros.


Primero que nada, deben saber que:
Múltiples empresas que extraen materiales de los cerros cercanos han modificado o impactado los cauces federales de agua que llegan al Sacramento, situación que ha sido denunciada ante la CONAGUA.
Entre el banco de materiales de Grupo Cementos de Chihuahua y el Cerro Prieto existe el sitio arqueológico de la Sierra Nombre de Dios–Navacoloaba, lugar de gran importancia ambiental y cultural que ha sido defendido por la ciudadanía.
Hace aproximadamente una década, en la zona del río contigua a Navacoloaba, toda la vegetación fue removida, dejando únicamente la arena del río. Esto incrementó la erosión y la contaminación aguas abajo, una acción arbitraria y sin fines ecológicos.
En 2021, las jarillas de río —planta de enorme valor ambiental y cultural— volvieron a crecer en el Sacramento, inundando con su mágico aroma toda la zona. Estas jarillas han capturado gran cantidad de basura, evitando que llegue al bosque de Aldama y a la presa El Granero.
Este año ha sido uno de los más lluviosos en fechas recientes, lo que detonó el avistamiento de fauna silvestre en toda la ciudad. Particularmente en los cauces de los ríos, y en especial en el Sacramento, se han observado peces, anfibios, reptiles, aves, mamíferos y una gran diversidad de flora nativa.
Con este contexto en mente, debe saberse que la CONAGUA, encomendada por la Presidencia, tiene la obligación de “adoptar” un río en cada uno de los territorios donde opera. En Chihuahua esto no había ocurrido, hasta que de manera apresurada decidieron tomar acciones espectaculares para “no perder la chamba”. ¿Y qué hicieron? Contactaron a una de las empresas ya mencionadas: Grupo Cementos de Chihuahua.
¿Para hacerla responsable de la contaminación industrial del agua?
¿Para sancionarla por la modificación de los cauces federales?
No. Para rentarle una máquina destinada, en palabras de un documento filtrado, a “remover vegetación y aplanar material”.
Según la propuesta, más de 3,000 metros cuadrados de vegetación serían afectados, sin que se planeara retirar el escombro: únicamente “conformar” el cauce, es decir, intentar enseñarle al río a ser río. Un bulldozer con dimensiones excedidas para la vialidad sería el encargado de semejante “tarea de restauración”.
La intervención pretendía justificarse con la “reubicación” de una rana, mientras que el cuerpo de agua estaba lleno de vida: peces, polinizadores y otros animales que iban a ser sepultados por el bulldozer. Por suerte, el operativo fue detenido gracias a la presencia de Salvemos los Cerros de Chihuahua, que impidió el avance de la maquinaria.
Esto es problemático por varios factores:
No se consultó a la ciudadanía, lo que deja un precedente negativo en la gestión de los cuerpos de agua, que deberían manejarse de manera democrática y autogestiva.
No se presentaron estudios técnicos, manifestaciones de impacto ambiental, permisos ni licencias, por lo que no existe certeza jurídica sobre esa obra de desmonte en el cauce del Sacramento.
No se contempló un plan de regeneración o reforestación posterior al desmonte de cientos de jarillas y otras especies forestales que crecieron en la zona durante diez años.
Se pretendía intervenir en plena temporada de lluvias, cuando el río está vivo y floreciente, lo que significaría un daño ambiental severo disfrazado de “limpieza”.



Todo esto, además, pretende legitimarse con la participación de unas pocas personas vinculadas a las ciencias ambientales, que según la valoración del colectivo SLC están siendo utilizadas como escudo por la CONAGUA y GCC para evitar las denuncias correspondientes por sus acciones sin sentido. Del mismo modo, se debe recordar que la CONAGUA recibió una propuesta jurídica fundamentada para la restauración del río Sacramento, misma que fue ignorada para darle paso al bulldozer.