
Tromba de Obsidiana
Luis Andrés Rivera Levario. Vocero de Salvemos los Cerros de Chihuahua.
—“Ecomposta nació en octubre de 2020, en plena pandemia, en medio de una crisis sanitaria global que también nos obligó a mirar de frente otra crisis igual de urgente: la del planeta. Ante ese panorama, decidimos dejar de ser solo espectadores y preguntarnos algo fundamental: ¿desde dónde sí podemos aportar? Así surgió Ecomposta, como un puente entre las personas que desean cuidar el medio ambiente que, por falta de tiempo o espacio, no pueden hacerlo por sí mismas. Creamos un proyecto sustentable basado en la economía circular, con una misión clara: dejar un mundo más limpio y consciente para las siguientes generaciones.
Durante estos cinco años de trabajo constante, hemos recolectado más de 600 toneladas de residuos orgánicos, evitando que terminaran en el relleno sanitario. Evitando toneladas de dióxido de carbono, uno de los principales gases responsables del cambio climático. Pero más allá de los números, lo que mueve a Ecomposta es la conciencia. Para nosotros es fundamental recordar que los residuos orgánicos no son basura, sino un material valioso. Son vida en potencia. Son alimento para la tierra.
La composta generada a partir de los residuos de casas habitación regresa a nuestros propios clientes, cerrando el ciclo de manera natural y responsable: vuelve a nutrir plantas, huertos urbanos y proyectos de reforestación. Lo que antes se desechaba, hoy regresa al suelo transformado en fertilidad. Ecomposta no solo recolecta residuos: siembra conciencia, regenera suelos y demuestra que pequeños hábitos, sostenidos en comunidad, pueden generar un impacto real y duradero.”
Las palabras de Melany Lugo no solo describen un proyecto ambiental; interpelan directamente al modelo de ciudad que hemos normalizado. Porque si algo deja claro la experiencia de Ecomposta es que el problema de los residuos no es técnico ni inevitable: es cultural, político y profundamente territorial.
La economía circular, cuando se practica de manera coherente, no es un adorno verde del mismo sistema de siempre. Es una ruptura con la lógica lineal de producir, consumir y desechar que sostiene no solo los rellenos sanitarios, sino también la devastación de cerros, ríos y suelos. En ese sentido, Ecomposta dialoga de forma natural con la lucha que desde Salvemos los Cerros de Chihuahua hemos sostenido durante años: la defensa del territorio frente a un modelo que lo concibe como mercancía o como espacio sacrificable.
El relleno sanitario municipal es quizá el ejemplo más evidente de ese paradigma agotado. Allí se entierran toneladas de materia orgánica que podrían regenerar suelos, pero que en cambio producen lixiviados, contaminan el agua y liberan gases de efecto invernadero. Su operación impacta directamente a la Sierra Nombre de Dios y al río Chuviscar, dos sistemas vivos fundamentales para la ciudad, tratados como zonas de sacrificio en nombre de una falsa idea de progreso.
Frente a esa realidad, Ecomposta plantea una alternativa concreta. Separar residuos, compostar y devolver la materia orgánica a la tierra no es solo una acción ambiental: es un acto político cotidiano. Implica dejar de delegar toda la responsabilidad al municipio y asumir, como comunidad, que habitar un territorio también significa hacerse cargo de lo que se consume y de lo que se desecha.
Aquí la economía circular se convierte en una forma de vida más plena y consciente. Una que reconoce que los cerros captan agua, que los suelos vivos sostienen la ciudad y que los ríos no son canales de desagüe. Defender la Sierra Nombre de Dios y transformar nuestros residuos son, en el fondo, parte de la misma lucha: recuperar el sentido del límite, del cuidado y de la pertenencia.
Ecomposta nos recuerda algo esencial: no hay basura, hay decisiones. Y también nos muestra que el cambio de paradigma no comienza con grandes discursos, sino con hábitos sostenidos en comunidad, con proyectos locales y con la valentía de decir que el modelo actual ya no funciona. Mientras sigamos enterrando la materia orgánica —y con ella nuestra responsabilidad—, la crisis se profundizará. Pero mientras existan iniciativas como esta y territorios defendidos colectivamente, todavía es posible imaginar y construir otra manera de habitar la ciudad.
