
HÉCTOR RUEDA
Desde su fundación, Ejido Benito Juárez, municipio de Buenaventura, Chihuahua, ha sido un territorio construido con trabajo, esfuerzo y dignidad. Generaciones enteras han dedicado su vida a la agricultura, una actividad noble que no solo ha garantizado el sustento de las familias, sino que ha forjado identidad, arraigo y soberanía alimentaria.
La tierra no ha sido únicamente un medio de producción: ha sido historia, herencia y futuro.
Hoy, ese futuro enfrenta una de las amenazas más graves de las que se tenga memoria.
Actualmente, los agricultores del ejido no solo enfrentan el desabasto de agua, la pérdida de
cosechas y la falta de apoyos gubernamentales. A esta difícil realidad se suma el intento abusivo de empresas mineras extranjeras que buscan ingresar a tierras ejidales para la extracción de minerales del subsuelo, sin considerar las consecuencias sociales, ambientales y económicas que ello implicaría.
El contexto no podría ser más alarmante.
Nuestro ejido atraviesa una severa crisis hídrica. La producción agrícola ha tenido que reducirse y los campesinos se han visto obligados a implementar nuevas técnicas de riego para aprovechar cada gota de agua disponible.
El agua, hoy, es un recurso limitado y vital.
Mientras tanto, una sola empresa minera puede utilizar hasta 2,000 litros de agua para la extracción de menos de una tonelada de mineral.
La pregunta es inevitable: ¿De dónde saldrá esa agua si la empresa logra instalarse en el ejido?
De permitirse su entrada, la empresa acapararía el recurso hídrico del que depende toda la actividad agrícola.
Las consecuencias serían irreversibles: parcelas inutilizables, agotamiento de los mantos acuíferos, contaminación del agua y del suelo, daños severos a la flora y fauna, y la paralización total de la agricultura, principal motor económico de nuestra región.
No se trata solo de números ni de proyecciones técnicas; se trata de la supervivencia misma
del ejido. Sin agua no hay agricultura. Sin agricultura no hay economía. Y sin economía no hay ejido.
Una lucha que ya se ha vivido Esta no es una amenaza nueva.
Hace algunos años, una empresa intentó ingresar al ejido recurriendo a prácticas indebidas. Frente a ello, el Ejido Benito Juárez respondió con organización, conciencia y dignidad. En una asamblea general, los ejidatarios tomaron una decisión clara y legítima: vetar por 100 años la entrada de cualquier empresa minera al territorio ejidal. Esa decisión representó la defensa colectiva de la tierra y del futuro común.
Hoy, esa empresa regresa utilizando nuevas estrategias: desinformación, intentos de división interna y promesas engañosas que buscan sembrar confusión y romper el tejido social que durante años ha mantenido unido al ejido.
Hoy, existen personas que, por una cuantía económica, han decidido dar la espalda al ejido. Personas que están dispuestas a vender el bienestar colectivo, a poner en riesgo el agua, la agricultura y el futuro de las familias de nuestro ejido a cambio de beneficios personales y momentáneos.
Quien actúa de esta manera no defiende el progreso, defiende únicamente su bolsillo.
No se puede hablar de desarrollo cuando se compromete el agua. No se puede hablar de empleo cuando se destruye la tierra. No se puede hablar de futuro cuando se traiciona al ejido.
Estas acciones no representan al sentir de la mayoría, ni al espíritu histórico de Ejido Benito
Juárez, que siempre se ha caracterizado por la unidad, la dignidad y la defensa del bien común.
Cuando la minería se va, el daño se queda
Es momento de reflexionar con responsabilidad. Nuestro núcleo agrario ha progresado históricamente gracias a la agricultura, una actividad permanente que genera empleo, movilidad económica y estabilidad social. La minería, en cambio, es temporal: llega, extrae, obtiene ganancias y se retira. Pero el daño permanece.
Cuando la empresa se va, lo que queda es:
— Escasez de agua.
— Tierras degradadas.
— Empleos perdidos.
— Economía local debilitada.
— Contaminación ambiental irreversible.
En el estado de Chihuahua existen ejidos que han vivido estas consecuencias. Tras la explotación minera, muchos ejidos quedaron con suelos dañados, actividad económica reducida y familias obligadas a migrar ante la falta de oportunidades.
La historia es clara y contundente: la minería no construye ejidos prósperos; los agota.
Defender la tierra es defender la vida
Hoy, Ejido Benito Juárez se encuentra ante una decisión histórica.
Defender la tierra no es oponerse al desarrollo, es proteger el derecho de los ejidos a decidir su
propio destino. Es cuidar el agua como bien común. Es pensar en las generaciones que vienen y no solo en el beneficio inmediato.
Defendamos la tierra que tanto nos ha costado trabajar. Defendamos la memoria de quienes lucharon antes que nosotros. Defendamos nuestra soberanía como ejido. Defendamos la agricultura, que es la verdadera fuerza que mueve a nuestro ejido. Porque la tierra no se vende, se defiende.
Quien promueve la mina no piensa en el bienestar colectivo, sino en beneficios personales y momentáneos. Pero el futuro de nuestras hijas e hijos, y la permanencia de Ejido Benito Juárez, valen infinitamente más que cualquier promesa económica pasajera.
Hoy más que nunca, la unidad es nuestra mayor fortaleza.
Un ejido unido es invencible.
No a la mina.
Sí a la vida.
Sí al agua.
Sí a la tierra.
Héctor Osvaldo Rueda Gutiérrez es un joven campesino originario del municipio de Buenaventura, del ejido Benito Juárez. Actualmente cursa la licenciatura en Derecho, con interes en la política como un medio para promover el respeto a los derechos y la dignidad del campo y de las comunidades más vulnerables. Labora en el Registro Agrario Nacional y forma parte del Parlamento Juvenil 2025 en representación del Distrito 01, procurando contribuir de manera responsable al cuidado y la defensa de los intereses del sector rural.
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